
Todavía se conservan cruces de hierro fundido como cabecera de sepulturas en muchos de los cementerios españoles. Se trata de testimonios de antigüedad y también de belleza. Este tipo de ornamento funerario se extendió a partir de finales del siglo XIX principalmente en los territorios de la España septentrional, destacando por su abundancia en las provincias de Soria, Logroño, Navarra, Asturias y Zaragoza. En el cementerio parroquial de La Olmeda (Soria) todavía se conservan numerosos ejemplos de estas cruces de cabecera de hierro fundido o colado.
EL HIERRO EN LA CULTURA FUNERARIA
El hierro es un material muy utilizado en el arte fúnebre en sus dos vertientes: forjado y fundido. De hierro forjado se realizaron cruces de cabecera, rejas para cerrar el perímetro de las sepulturas y puertas para los panteones capilla. El hierro fundido se popularizó en la segunda mitad del siglo XIX gracias a los avances técnicos y dio lugar a cruces de cabecera, balaustres y pilas torneadas para cerramiento, barras, cadenas, faroles, ganchos, cerrajas y puertas para las criptas de los panteones así como pequeños detalles decorativos (flores, hojas, puntas de flecha) que enriquecen las rejas. En todo caso, el empleo del hierro es símbolo de la incorporación a los nuevos rumbos marcados por la industrialización y perfecto ejemplo de que los avances técnicos no están reñidos con el diseño artístico sino que suponen la adecuación de las nuevas tecnologías a usos tradicionales.
La cabecera es la parte de mayor importancia en las sepulturas. Se trata de un elemento vertical, más o menos desarrollado y decorado, cuya principal función es localizar, identificar e individualizar la sepultura, y a ello se adapta y dedica también la técnica del hierro fundido. El hierro fundido se incorporará al arte funerario en el siglo XIX por lo que su aparición es signo de modernidad y supone el empleo de los medios técnicos más avanzados del momento.
LAS CRUCES DE HIERRO FUNDIDO
Las cruces de hierro fundido o colado, son uno de los elementos funerarios más olvidados. Apenas si contamos con trabajos de investigación sobre su fabricación, formas, materiales…, tanto es así que a día de hoy es casi imposible encontrar un catalogo de cruces de hierro, que debió existir en su momento, así como alguna fabrica que las fundió y expandió, al igual que los diferentes modelos.
Una de las escasas investigadoras sobre las cruces de hierro fundido en la tradición funeraria, Ana Jesús Mateos Gil, describe su proceso tradicional de fabricación:
“El proceso de fabricación de una cruz de fundición es simple. Para obtener la pieza, era necesario crear un modelo, generalmente en madera (abeto para piezas pequeñas y nogal para las de mayor tamaño), seca, bien pulida y perfeccionada. A partir de este modelo se elaboraban los moldes en material refractario, generalmente arena mezclada con materia orgánica, en ocasiones estiércol de caballo, para darles consistencia. Los moldes suelen realizarse en arena por ser un material económico, reutilizable (muy importante en el caso de los moldes desechables), permeable (permite la salida de gases), refractario (soporta altas temperaturas) y resistente (aguanta la presión del metal).
Los moldes pueden ser desechables, es decir, que se rompen para expulsar la pieza, o permanentes, que se pueden reutilizar un determinado número de ocasiones. En este último caso cuentan con espigas para asegurar su perfecto encaje.
El molde generalmente constaba de dos piezas que correspondían a la parte delantera y trasera de la cruz. Se reforzaban con cajas y se cerraban con fuertes ataduras para asegurar su perfecto encaje. Los moldes se realizaban por presión del modelo sobre la arena húmeda, que se compacta y puede cocerse para adquirir moldes cuentan con un bebedero cónico por el que se vierte el metal fundido o colada, uno o dos conductos principales con ramificaciones para permitir la entrada del metal en todos los intersticios del molde y conductos de ventilación para permitir la salida del aire y de los gases procedentes de la fusión. En el caso de las cabeceras huecas, podían realizarse por medio de moldes con alma interior o fundiendo las diversas partes por separado y soldándolas posteriormente.
Una vez obtenido el molde, se recubre de un material como polvo de hulla, carbón de leña, talco o grafito para evitar que el metal se adhiera al molde. Se vierte entonces la colada de hierro fundido por el bebedero, por gravedad, y se deja enfriar. Una vez frío se desmoldaba la pieza, se limpiaba con arena y se eliminaban las barbas e imperfecciones con buril y lima. El resultado es una pieza de baja porosidad, buen acabado y alta exactitud dimensional.
Las cruces eran terminadas en destino por el herrero y eran las empresas de pompas fúnebres las encargadas de adquirir, almacenar y colocar estas cruces, que se sellaban con yeso y limadura de hierro. El empresario podía añadir una imagen del crucificado y una placa con los datos del difunto. Un pedestal de piedra u hormigón mantiene la cruz en pie. La cruz cuenta con vástagos que se introducen en las encajaduras dispuestas por el cantero y que se rellenan de plomo fundido.“
LA TRADICIÓN DE LAS CRUCES DE HIERRO FUNDIDO EN ESPAÑA
Las cruces de hierro fundido más antiguas, de finales del siglo XIX o comienzos del XX, son de origen francés. Algunos de sus modelos fueron copiados por otras fundiciones como Tellería (Tolosa) o la de Ricardo Aguelo (Zaragoza), que mantuvo su producción hasta aproximadamente 1960. Algunas fundiciones conservan todavía los modelos originales, listos para ser fundidos de nuevo.

Estas cruces podían adquirirse con relativa facilidad tanto en las propias fundiciones como a través de las empresas de pompas fúnebres o de representantes. Un herrero y un cantero se encargaban de encajar los espigones de hierro de la base de la cruz en un pedestal de piedra que podía ser cuadrangular, circular o troncopiramidal. La mayor parte carecen de marca de fundidor.
Son cruces de gran calidad compositiva y de ejecución, bella y cuidadosamente decoradas. Resulta evidente que, aunque en un principio se partió de los modelos franceses, con el transcurso del tiempo y a la vez que el corpus decorativo se ampliaba, el abanico de modelos se diversificó y evolucionó siguiendo dos líneas diferentes. Por un lado, se tendió hacia modelos cada vez más macizos, que dejaron de trabajarse con tanto cuidado por la parte posterior. Por otro, se prefirió la decoración de entrelazos y las formas geométricas en los brazos, reservándose el centro de la cruz a elementos simbólicos en lugar de la decoración figurativa original.

1904
LAS CRUCES DE HIERRO FUNDIDO EN EL CEMENTERIO PARROQUIAL DE LA OLMEDA (SORIA)
Uno de los aspectos que más sorprenden en el cementerio parroquial de La Olmeda es la cantidad de cruces de hierro fundido que pueden apreciarse, tanto instaladas en las sepulturas como ya apartadas y en desuso. No se trata de una gran colección y las más antiguas datan de finales de los años 40 del siglo pasado lo que indicaría que debieron popularizarse a partir de un determinado momento o época, llegando lás últimas hasta la década de 1970.
Se trata de un cementerio modesto en un entorno rural y económico también modesto, por lo que probablemente se trataba de una forma de señalamiento de las sepulturas más económica que otro tipo de material funerario como la piedra o el mármol. Por esto mismo, no se encuentran cerramientos o balaustradas.
Todas deben ser de origen español y probablemente, por la proximidad entre las dos provincias, provenientes de la función Aguelo de Zaragoza. Estas cruces son siempre de gran calidad técnica y decorativa y suelen representar a Jesús crucificado o a la Virgen entre motivos de entrelazos, ramas vegetales o arquitecturas góticas.
Una muestra de las cruces de fundición en el cementerio parroquial de La Olmeda (Soria), entre las que se encuentra, curiosamente, una única cruz de hierro forjado:



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