El enemigo invisible: Cómo Canaris (y Franco) sabotearon a Hitler

El Enemigo Invisible: Canaris, Franco y la conspiración silenciosa contra Hitler

A fines de 1933, Adolfo Hitler nombró al contralmirante Wilhelm Canaris, de cuarenta y seis años de edad, jefe del Abwehr, el Servicio secreto de inteligencia y contraespionaje de estado mayor alemán. Hitler había obtenido poco antes facultades dictatoriales como gobernante de Alemania y, con un ojo puesto en futuras conquistas en Europa, quería que Canaris hiciera del Abwehr un órgano tan eficiente como el servicio secreto británico. Canaris era una elección algo extraña para el puesto. Procedía de la aristocracia, no era miembro del Partido Nazi y no había tenido una carrera militar particularmente sobresaliente. Pero Hitler vio en Canaris rasgos que lo convertirían en maestro supremo del espionaje: astuto en extremo, un hombre hecho para la intriga y el engaño, sabía cómo obtener resultados. Y, de igual forma, debería su ascenso exclusivamente a Hitler.

En los años siguientes, Hitler tendría motivos para sentirse orgulloso de su decisión. Canaris reorganizó rigurosamente el Abwehr y extendió sus redes de espionaje por toda Europa. Luego, en mayo de 1940, proporcionó excepcional inteligencia para la invasión de blitzkreig de Francia y los Países Bajos a principios de la Segunda Guerra Mundial. Así, en el verano de este mismo año, Hitler dio a Canaris su más importante tarea hasta entonces: suministrar inteligencia para la Operación León Marino, un plan para conquistar Inglaterra. Después del blitzkrieg y la evacuación del ejercito aliado en Dunkerque, los británicos parecían sumamente vulnerables, y sacarlos de la guerra en ese momento aseguraría la conquista de Europa por Hitler.

A varias semanas de iniciada esa labor, sin embargo, Canaris informó que los alemanes habían subestimado el tamaño del ejército y fuerza aérea británicos. León Marino requeriría recursos mucho mayores de los que el Führer había anticipado; a menos que Hitler estuviera dispuesto a comprometer muchas más tropas, el proyecto podía convertirse en un caos. Ésa fue una noticia muy decepcionante para Hitler, quien había deseado noquear a Inglaterra de un rápido golpe. Con la mira puesta en la inminente invasión de Rusia, no estaba dispuesto a comprometer gran número de tropas en León Marino o a dedicar años a someter a los británicos. Habiendo terminado por confiar en Canaris, abandonó la planeada invasión.

Ese mismo verano, el general Alfred Jodl dio con un brillante plan para perjudicar a Inglaterra de otro modo: usando a España como base de operaciones, invadiría Gibraltar, de propiedad inglesa, bloqueando así las vías marítimas de Inglaterra en el Mediterráneo y el Canal de Suez a su imperio en la India y otros puntos de Oriente: un golpe desastroso. Pero los alemanes tendrían que actuar rápido, antes de que los ingleses captarían la amenaza. Estimulado por la perspectiva de arruinar a Inglaterra de esa manera indirecta, también esta vez Hitler pidió a Canaris evaluar el plan. El jefe del Abwehr fue a España, estudió la situación y entregó su informe. En cuanto el ejército alemán entrara en España, dijo, los ingleses comprenderían el plan, y Gibraltar tenía complejas defensas. Los alemanes también necesitarían la cooperación de Francisco Franco, el dictador de España, quien, según Canaris, no sería suficientemente servicial. En suma: Gibraltar no valía el esfuerzo.

En realidad, encargado Canaris de investigar la invasión de Gibraltar, les dijo en secreto a los españoles que permitir a Alemania usar su país significaba un desastre: Alemania no se marcharía jamás. De ahí el hosco trato de Franco a Hitler. Al igual que en la Operación León Marino, Canaris explotó la impaciencia de Hitler de fáciles y rápidas victorias para desalentarlo de proyectos que fácil e irrevocablemente habrían vuelto la guerra en su favor.

Había muchos alrededor de Hitler que creían que tomar Gibraltar era eminentemente factible y podía significar una victoria total en la guerra contra Gran Bretaña. Extrañados por el informe de Canaris, expresaron abiertamente sus dudas sobre la inteligencia que aquél había provisto desde siempre. Su enigmática naturaleza -hablaba poco y era imposible de descifrar- sólo alimentaba las sospechas de que no era de confiar. Hitler oyó a su equipo, pero una reunión con el generalísimo Franco para discutir el plan de Gibraltar corroboró indirectamente todo lo que Canaris había dicho. Franco era difícil y hacía toda clase de ridículas demandas; los españoles serían imposibles de tratar; la logística era demasiado complicada. Hitler perdió pronto el interés en el plan de Jodl.

En los años siguientes, un creciente número de oficiales alemanes terminaron por sospechar que Canaris era desleal al Tercer Reich, pero nadie podía acusarlo de nada concreto. Y el propio Hitler tenía mucha fe en el jefe del Abwehr y lo enviaba a misisones críticas ultrasecretas. Una de esas tareas tuvo lugar en el verano de 1943, cuando el mariscal Pietro Badoglio, exjefe del estado mayor italiano, arrestó a Benito Mussolini, dictador de Italia el más firme aliado de Hitler. Los alemanes temían que Badoglio iniciara conversaciones secretas con el general Dwight D. Eisenhower para la rendición de Italia, un golpe devastador para el eje que Hitler podía impedir, de ser necesario, enviando un ejército a Roma, arrestando a Badoglio y ocupando la capital. Pero, ¿era necesario?

Los ejércitos de Hitler hacían falta en otras partes, así que se despachó a Canaris para evaluar la posibilidad de la rendición de Italia. Canaris se reunió con su homólogo en el gobierno italiano, el general Cesare Amé, y luego concertó una reunión entre los miembros de alto rango de los servicios de inteligencia de ambos países. En la reunión, Amé negó enfáticamente que Badoglio tuviera intención de traicionar a Alemania; de hecho, el mariscal era ardientemente leal a la causa. Amé fue rotundo. Así, Hitler dejó a Italia en paz. Semanas después, sin embargo, Badoglio se rindió en efecto a Eisenhower y la valiosa flota italiana pasó a manos aliadas. Canaris había sido engañado. ¿O había sido engañado él?

El general Walter Schellenberg, jefe de la división de inteligencia extranjera de las SS, empezó a investigar el fiasco de Badogio y descubrió que dos hombres al servicio de Amé habían escuchado una de las conversaciones de Canaris con su jefe. Canaris, informaron, había sabido desde el principio de la intención de Badoglio de rendirse, y había colaborado con Amé para engañar a Hitler. Seguramente esta vez el jefe del Abwehr sí había sido sorprendido en el acto, y pagaría con su vida. Schellenberg acumuló un grueso dossier de otras acciones que podían arrojar más dudas sobre Canaris. Se lo presenta Heinrich Himmler, director de las SS, quien, sin embargo, dijo a su subordinado que guardara silencia; él presentaría el dossier a Hitler en el momento indicado. Pero, para consternación de Schellenberg, pasaron los meses y Himmler no hizo nada, excepto retirar por fin del servicio a Canaris, con honores.

Poco después del retiro de Canaris, sus diarios cayeron en manos de las SS. Revelaban que había conspirado contra Hitler desde el principio de su servicio como jefe del Abwehr, conjurando incluso para asesinar al Führer en planes que habían fallado por un pelo. Canaris fue enviado a un campo de concentración, donde, en abril de 1945, fue torturado y muerto.

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